ENTRE LA VIOLENCIA Y LA PANDEMIA

por cristina
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ENTRE LA VIOLENCIA Y LA PANDEMIA

Desde el año 2015 se aprobaron en la ONU los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con miras a cambiar la visión y el comportamiento de las sociedades mundiales.

Sin embargo, debemos reconocer que, a pesar de muchos esfuerzos, no se han logrado erradicar comportamientos nocivos, que impiden la promoción del bienestar de todas las personas.

Recabando sobre este asunto, hoy centré mi reflexión en el ODS 5 y el ODS 16, que se proponen “lograr la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas”, y “promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles”, respectivamente.

Centralicé mi pensamiento en estos dos objetivos por el sacudón moral con sabor a injusticia, a impotencia, que me ocasionó la ingrata noticia del aumento porcentual sin referentes que ha alcanzado en los últimos dos meses la violencia doméstica en América Latina, particularmente en Ecuador, donde un sinnúmero de mujeres y de niñas viven el confinamiento junto con sus agresores y no pueden pedir ayuda, mientras dure la medida sanitaria, que muy ciertamente es crucial para detener la propagación del virus, como tan cierto es decir que esta condición mantiene a muchas mujeres atrapadas en su propio infierno doméstico.

Según Sybel Martínez, vicepresidenta del Consejo de Protección de Derechos de Quito, un índice tan elevado de llamadas remitidas al Servicio Integrado de Seguridad ECU 911 es una voz de alarma porque deja ver que esta situación de convivencia prolongada en un lugar exacerba la violencia.

Los datos obtenidos indican que aproximadamente el 55% de las alertas corresponden a la capital del país, y a Guayaquil.

Tal vez la mayor parte de las personas está consciente de que esta situación deplorable debe cambiar. Pero esto no funciona si no hay un engranaje de comportamientos adecuados, positivos, sostenibles, que requieren de forma imperativa la participación racional, consciente, ética y moral de los hombres en sus casas, en sus familias.

No obstante, este problema es de todos, por eso les invito a apoyar a los sistemas de protección, a las instituciones que velan por el bienestar, a trabajar desde nuestros propios espacios en pro de la consecución de una sociedad más justa, a promover el respeto y la defensa de la vida de los seres humanos.

Parecería que el tema que enfoqué hoy abarca casi todo lo concerniente con el maltrato a la mujer, pero no es así. La falta de igualdad de género va mucho más allá, tiene muchas facetas, muchas formas de maltratar sin dar golpes y muchas otras formas de dar golpes silenciosos e imperceptibles, como cuando se inventan todas las excusas para que un nivel gerencial no sea ocupado por una mujer.

En Ecuador, ¿cuántos CEO son mujeres?… La respuesta no es difícil de adivinar. Aquí y en todas partes del mundo conforman un porcentaje muy bajo, lo cual refleja que, si bien se ha dado apertura a la participación femenina, aún no se puede hablar de una verdadera equidad de género.

Desde las empresas el aporte debe ser crear y mantener un ambiente equitativo que brinde las mismas oportunidades, ejerciendo una verdadera práctica de igualdad.

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